viernes, 5 de mayo de 2017

Amargados, quejosos, preocupones, enojones, causticos... ¿Es un destino inevitable para muchos?

Lo menos que puede une desear en la madurez, además de la salud y la seguridad social básica, es la sensación de felicidad y calma sosiega que permita ver el mundo en perspectiva. Que permita a uno querer y ser querido.



Por razones diversas que se presentan desde que estamos en el vientre, o en la niñez o la adolescencia, hay experiencias sutiles o dramáticas que pueden cambiarnos y marcarnos, casi sin darnos cuenta y encauzarnos hacia un modo de ser y de sentir, que puede irse convirtiendo en un malestar propio y que luego irradia a los ajenos.

A veces oímos las etiquetas para unos u otros: amargosos, quejosos, preocupones, enojones, cáusticos.  Es fácil escapar de ellas cuando las vemos como juicios externos que pueden ignorarse. Pero tan pronto las oímos de bocas cercanas a nuestro entorno, se vuelven más reales y dolorosas.

Si esto fuera una cosa de solo tú o yo, quizá sería menos preocupante. Pero no lo es. Somos sociedades en las que muchos vivimos aparentemente cada vez mejor en términos de ingreso, pero hay un número creciente de gente sintiéndose infeliz o amargoso o quejoso o preocupón.

¿Cómo romper esas rachas que pueden volverse parte de nosotros? ¿Cómo hacer que ese sentimiento que irradiamos en otros y resentimos en nosotros, de cauce a una sensación más profunda y estable de felicidad y sosiego?

No hay pasos estándares. Pero si hay un paso inicial necesario: obsérvate a ti mismo. Identifica tus momentos críticos y asume de principio la responsabilidad en ti mismo. 


Lo que puede seguir, lo platicamos despúes.

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