jueves, 18 de mayo de 2017

Los Años Amargos (parte 1 de 3)

Ser felices es una búsqueda, adentro y afuera... pero hay obstáculos.



Muchos creemos que a medida que pasan los años uno va queriendo esforzarse por sacar lo mejor de uno mismo. A veces es el resultado de una reflexión cotidiana. En ocasiones producto de un aislamiento inesperado en casa o en hospitales. Otras veces es una confrontación con uno mismo, buscando ese otro mejor yo, que se esconde dentro de cada uno de nosotros.





Otras veces, buscamos ese otro mejor yo en otros, cuyas cualidades apreciamos como un diamante que quisiéramos incorporar a una parte de nosotros. Esa es una forma de buscar un mejor yo en los otros. Esta es una búsqueda con consecuencias diferentes. Nos va llevando de la mano la idea y el bienestar de ser mejores, apreciando cada rasgo o cualidad que queremos incorporar a nosotros, contemplando y vinculando eso con nosotros. 
A veces sin saberlo, solo por hacerlo, nos convertimos a su vez en un objeto involuntario de la observación de otros. Puede ser algo admirable en nosotros que nos pasa desapercibido. Vamos creando con esto una simbiosis de aspiraciones. Un circulo de crecer juntos.

Hay otras maneras en que uno va incorporando otros mecanismos de madurar como persona feliz y en crecimiento. El aspecto común de todo esto, es la aspiración de ser feliz y ser mejor.
Desafortunadamente también hay mecanismos patológicos de envejecimiento, que no maduración, que no tienen como aspiración ser mejores ni ser felices. El envejecimiento como mecanismo patológico, se caracteriza no por la aspiración de ser mejores y felices. Ni se caracteriza por la aspiración de adentrarse en uno mismo o los demás para encontrar ese mejor yo, que puede haber en uno.
Los años amargos es la mejor manera de describir esas personalidades patológicas que, al no poder encontrar un mejor yo en ellas mismas, buscan precisamente lo opuesto: buscan sacar en los demás las emociones y pensamientos que les impidan crecer. Buscan no que se genere una auto reflexión, sino al contrario: buscan que la gente tenga miedo de sí misma o de los demás. Buscan que los demás no actúen por convicción, sino por miedo. Buscan que los demás se sometan, no que actúen por convicción o para encontrar su camino a ser mejores.
Su lógica emocional es tan simple como devastadora: si mi prioridad no es la mejora de mi misma ¿Por qué habría de ser una prioridad de los demás?
Quien pasa por los años como un proceso de creciente amargura, no percibe al mundo igual. Destruir lo que otros construyen se vuelve parte de su forma de ser y se convierte en su mecanismo patológico de ser (in)feliz.
Quien pasa por la vida acumulando sus años como frutos amargos, usa el miedo de los demás, usa el control, usa el chisme, usa la intimidación, usa la censura, usa la intriga y usa a aquellos cercanos a ella misma para volver a todos parte de un nido de amargura que se percibe a si mismo como superior en propósito y alcurnia, porque su proceso de descomposición ya no puede detenerse, en muchos casos, hasta su sepelio.
Los años amargos es una enfermedad del espíritu de la que todos deberíamos estar conscientes, porque ataca en nuestra sociedad como un virus o una plaga, que nos va intimidando y a veces distrayendo de la aspiración de ser mejores, longevos y felices.


(fin de parte 1)

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