martes, 29 de agosto de 2017

Encabronarse: la tradición que mata y se perpetúa.

"Díselo en la cara"


Hay muchos consejos, buenos y malos, que recuerdo bien. Uno de ellos era: "si te sientes encabronado, disgustado o agredido, díselo en su cara". Y me la pasé siguiendo ese consejo, que años después, se convirtió en una tradición de capacitación.



Sí, las escuelas de "Gritar lo que te Encabrona o te Lastima" surgieron como plaga hace varios años y sigue siendo, en muchos lados, la creencia favorita en contra de mantener la calma y re-interpretar lo que nos enoja.

En años recientes se han hecho varios estudios de que tanto realmente ayuda encabronarse, gritar, expresar y a veces hasta actuar agresivamente. Y no hay buenas noticias. 

Los hijos de las parejas que pelean y se agreden frecuentemente, tienden a demostrar síntomas de depresión y pesimismo, y esos síntomas persisten incluso hasta 3 años después de que se divorcian los padres. Son parejas educadas en la tradición aquella de que el que grita más, gana. Y el que se encabrona de frente, se libera de la tensión - aunque deje huellas imborrables a otros y a si mismo.

La evidencia de que aguantarse el coraje daña el corazón o produce cáncer u  otras enfermedades cardiovasculares, tal evidencia no existe. Lo que sí existe es la evidencia del daño que se causa a los que están en contacto directo con nosotros, en la casa o el trabajo, como resultado de enojos y agresiones reiteradas como un modo estándar de reaccionar.

Todo enojo y agresión se genera por un pensamiento, una reacción corporal y un ataque - que puede ser físico o verbal.

Si no nos damos la oportunidad y el tiempo de revisar los pensamientos y creencias que desatan esa cadena, y recurrimos al "Díselo en la Cara", pues no hay retorno. Te vas a encabronar y muy probablemente ni siquiera sepas de fondo porqué.

Una vez iniciado el ataque, no hay disculpa que valga. Ya dejaste tu firma. Y creaste imagen. Imborrable.

Todo esto no significa que haya que poner la otra mejilla o convertirse en un pusilánime y dejado.

Significa que si identificas la fuente de lo que te enoja, tus acciones pueden dirigirse de manera mas acertada a la solución. En vez de andar repartiendo golpes físicos o verbales por doquier.

viernes, 18 de agosto de 2017

Otra lealtad y otra ciudadanía (parte 2)

Fundar un país propio.



No es tan raro. A medida que nos enteramos de más y con mayor detalle, a medida que vemos más del mundo y del propio país, el entorno se vuelve más real y cercano e incierto.

Lo que me fue quedando de la idea abstracta de país, se debilitaba, pero me fue más claro que debía esforzarme en construir un entorno con alguien más, aunque ese alguien más fuese solo una.

Casi sin saber el plan, intuyéndolo en pedazos, fui haciendo lo mejor que pude, construyendo en común nuestras reglas, nuestros gustos, nuestros tiempos, nuestro entorno. Pedazo a pedazo.

Esto me quedo claro como el agua cuando leí Alta Traición de Jose Emilio Pacheco:

No amo mi patria. 
Su fulgor abstracto 
es inasible. 
Pero (aunque suene mal) 
daría la vida 
por diez lugares suyos, 
cierta gente, 
puertos, bosques de pinos, 
fortalezas, 
una ciudad deshecha, 
gris, monstruosa, 
varias figuras de su historia, 
montañas 
-y tres o cuatro ríos.

Hasta en 1981 y estando fuera de México, sentí lo que extrañaba más. No era ni el fulgor abstracto. Ni su himno. Mucho menos sus gobernantes. Fueron las sensaciones detalladas y entrañables que me dejó mi tierra, la Gran Tenochtitlán, y varias mujeres que quise y se esfumaron, dejándome prendado y claro que tenía que volver. Y fue en Iznajar, Córdoba donde lo tuve mas claro.

Era para mí necesario formar mi pequeña república, visitar esos 10 lugares, otros tres o cuatro mares, y tejer una nueva vida en torno del amor y la lucha compartida.



En eso estamos. Con eso en mente nos levantamos. Sin ideas grandiosas ni fulgores abstractos. Tejiendo uno a uno lazos que vayan mas allá de la grilla, el partido o el cochupo. Lazos que permitan releer el pasado y contemplar el futuro como una lucha cotidiana de algunos cuantos juntos.

A muchos agraciados, esta claridad les llega casi sin sentirlo. Los admiro. A otros nos llega poco a poco como pequeños destellos de un rompecabezas que yo aprendo a armar día con día. Y sigo armando.


miércoles, 16 de agosto de 2017

Lealtades y ciudadanías perdidas: parte 1

La vela de arena.



Cada vez que me topo con el tema de la lealtad y la ciudadanía, me vienen recuerdos y aspiraciones contradictorias. Pero tengo claras mis conclusiones.

Quizá deba decir antes de explorar el tema, que a los 12 años ya había vivido yo en dos ciudades agradables y cálidas como el desierto y húmedas como el mar. A los 12, fui llevado a esa enorme concentración de gente que se llama ciudad de México. Cuando lo veo con humor, yo me sentí por mucho tiempo el chichimeca injertado, en medio de otros chichimecas injertados, movidos muchos por la expectativa de una vida mejor. 




Atrás quedaron los barcos, a los que no me subí, las bahías de Guaymas, a las que siempre les tuve miedo, y los cerros que subíamos a buscar esqueletos de españoles desangrados por los yaquis, pero que nunca encontramos.

Pese a todas esas frustraciones de mi infancia, que nunca supe que eran frustraciones sino hasta ahora, me fui culturizando a la nueva Tenochtitlán. Para resistirme, salía a un balconcillo que había en el departamento donde vivíamos a gritar, como lo hacía cuando estaba a orillas del mar.



Ingresé a una de esas escuelas secundarias militarizadas, en donde tuve mi primera experiencia de la doble moral y las realidades ocultas.  Para ese entonces yo ya sabía leer mucho mejor la malicia y la mentira, tanto en mí, como en otros.

Cada semestre era de 10 materias. Uniformado de color caki, sin importar la temperatura. Cargando una mochila de libros más pesada que el mandado semanal. Y casi rapado a la "broch" para parecer soldado. Hasta hoy en día, que uso el corte a la "broch", sigo maldiciendo al que se le ocurrió la idea. Aunque ahora yo me lo justifico.

Pero mi mayor shock fue la clase de civismo. La que pretendía hacernos mas sensibles de lo que significa ser mexicanos. Teníamos un profesor que estaba a punto de salir del closet, pero solo podíamos intuirlo por lo que decía y el estilo para decirlo: Su clase empezaba o terminaba con la frase celebre y agarrándose la cintura con una mano: "Siempre que salgan a la calle, su Guia Roji". Y conteníamos la risa.

Madres, pensaba yo, ahí debe estar el secreto de la mexicanidad. Pero no sabía si lo que decía era un mensaje cifrado que yo no entendía.

Y así transcurrieron al menos 2 años de secundaría, tiempo durante el cual sucedió la matanza de Tlatelolco. 

No puedo decir que ese 2 de Octubre me cambió, pero si puedo decirles que el 10 de Junio de 1971, cuando fue el halconazo y los para-militares al servicio del gobierno del DDF, balacearon y macanearon a mis compañeros de clase, ahí empecé a despertar. De los muertos nunca sabremos. Ahí sí me di cuenta de que México se estaba convirtiendo en un estado represivo. Quizá ya lo era. Pero solo entonces empecé a adquirir conciencia de ello.



Las lecciones de civilidad del maestro de civismo las entendí como lo que me pareció que eran: una guía para escapar al ser perseguido. La Guía Roji servía para trazar rutas y sobrevivir. Mi expectativa de amor por México empezó a entrar en crisis. Este no era el México que yo soñaba o aspiraba. Este era el México del que escapaban centenas de miles de mexicanos, para buscar suerte en EUA o en otros lados.

Poco a poco fui sacando mis conclusiones.


lunes, 14 de agosto de 2017

El perdón, el olvido o la venganza

Entre el reinicio y el ciclo enfermizo.


Suena muy lindo. Vayamos a perdonar! ¿Perdonemos aunque el acto que daña se repita? ¿Perdonemos aunque no encontremos ninguna razón que explique o justifique el daño que nos hicieron? ¿Perdonar aunque con ello se entienda que puede volver a suceder?



Lo siento. No creo en el perdón incondicional. Aun cuando yo sea el que lo pide o el que lo recibe. A veces ni creo que vale la pena pedirlo, ni vale la pena recibirlo. A veces vale la pena simplemente ignorarlo.

No tengo una regla que aplique para todos los casos. Quizá solo una: "con la vara que mides, serás medido". Y me atengo a las consecuencias.





Quizá las excepciones que he experimentado, me hayan enseñado mas que las reglas que he aplicado.

He pedido perdón cuando he malinterpretado una acción y luego me doy cuenta de mi error.

He perdonado cuando entiendo que a alguien mas le pudo pasar que malinterpretara mis acciones o hubo una circunstancia en su vida que lo obligó a actuar así.

He preferido olvidar y dejar pasar, cuando la diferencia entre perdonar y ser perdonado, es casi nada, porque en realidad la persona ya me es indiferente, o la relación dejó de ser valiosa para mi o para ambos. Ni le aporto nada a su vida, ni me aporta nada y no veo que esto pueda cambiar.

He preferido olvidar y dejar atrás cuando perdonar o ser perdonado se ha vuelto un ciclo enfermizo y repetitivo, que solo promueve que todo siga igual...o peor.



No creo que el rencor ni la venganza valgan la pena, ante circunstancias normales y entre gente decente. El rencor y la venganza, particularmente la planeada, es desgastante. El rencor es un obstáculo para que podamos enfocarnos en lo mejor de la vida, los amigos y las relaciones que valen la pena.

Perdonar o ser perdonado, para mí, es un voto de confianza entre personas que anticipan una mejor relación. Si no hay de fondo ese voto de confianza, no vale la pena. 
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viernes, 11 de agosto de 2017

A jalar, que no hay de otra

Los caminos alternos 


Hijo, nieto y posiblemente tataranieto de militares, mi destino, de no ser por mi padre, era educarme para recibir y dar ordenes, con un grado militar de por medio.  Pero mi padre, un soldado raso que se negó a quedarse en el rango mas bajo, luchó por cada peldaño para convertirse en ingeniero naval y salir del destino obscuro que le esperaba.



Pese a las enormes dificultades y huérfano de un padre que no llegó a conocer, entró orgulloso a la naval para darse cuenta después, que lo suyo no era la obediencia ciega, sino la rebeldía. Pero una cosa es renegar de un camino y otra cosa es inventar uno nuevo. Luchó toda su vida por encontrar otros caminos, que nadie sabe si encontró.

El camino cierto que le quedaba al empezar, era perseverar y mantenerse en la raya. Ser diligente y asumir que si él había salvado el profundo hoyo de la miseria de ser un soldado raso en 1930, sus hijos podían también salvar la trinchera del escalón que el nos había dado. Su directriz no era ni la religión ni la política. Tampoco ayudaba a clarificar la meta, pero no era el dinero. Era algo más, pero no eso. Era un camino alterno, sin objetivo claro.

No fue fortuito que sus dos hijos crecieron con la creencia de que el camino hacia adelante pasaba por la educación la perseverancia y la diligencia. No había de otra. Cualquier otra cosa era una distracción.

La herencia militar de más de tres generaciones, se tradujo en una creencia en el esfuerzo y la perseverancia. Ese fue el credo y ese fue el musculo que desarrollamos con mayor dedicación los 2 hijos. Pero al mismo tiempo, con sus propios actos, dejó sembrado el camino de la rebeldía. 

Desenfocamos otros virtudes y fortalezas porque muchas de ellas eran un estorbo para seguir adelante. Así que no me sorprende encontrarme que mi mayor fortaleza es la Perseverancia y la Diligencia: habla, a través de mi, mi padre. Habla mi madre, que también creía en ese credo. Y también habla mi padre cuando en otros actos imprevistos, decidí que habían otras fortalezas y prioridades, y que una de ellas era transformarme para buscar caminos alternos a lo que me hacía feliz. 



Si no hubiese llegado a esa reflexión y las decisiones que siguieron, no estaría escribiendo esto. Mi padre rompió la tradición militar de nuestra familia, de más de un siglo. Pero no solo rompió ese esquema. Con sus actos, de resultados tristes algunos, también nos hizo ver que la vida tiene varios caminos alternos, pero todos tendemos a olvidar que la razón última es ser felices, amorosos, saludables y ... persistentes.



Para el Capitán Torres May



Demonios y soledades en el espejo

Mis Talones de Aquiles.


Cada uno vive con sus propias limitaciones, sus propios miedos y sus propias batallas perdidas. Yo no oculto las mías. Vivo consciente, no preocupado, de aquello que no tengo, de aquello que no quiero y de las debilidades de mi carácter. Así soy. Por más que quise ser mejor en mis deficiencias, perdí tiempo valioso que debí dedicarme en fortalecer los músculos que me hacen quien soy.



No hay remordimientos. No hay queja. En parte absorbí los miedos históricos de mi familia, no solo de mi madre o de mi padre, sino quizá de mis abuelos o tatarabuelos, huyendo del zar y del pasado. Cambiando de religiones según se requería, solo para salvar la vida.

 Al recorrer esas rutas, que yo no vi, fuimos haciéndonos y aquí estoy. Con mi mayor debilidad, que la conozco, y aun así no deja de asombrarme. Quizá, antes de decirte de que se trata, debo decirte que fui acolito acomedido de la parroquia de San Fernando (mayúsculas solo por costumbre) en Guaymas, Sonora, allá por 1963.

Como a los 11 años de edad, tuvimos que emigrar a la CDMX en búsqueda de mejor educación (eso dijo mi padre) y más opciones de vida futura (también lo dijo mi padre en un tiempo en que el tsunami del trafico de drogas ya se empezaba apenas a sentir).

Crecí rezando y viendo a mi madre rezar. Solo a mi madre y su familia. Mi padre se mantenía aparte pero no expresaba su opinión de ninguna religión. En el fondo yo sentía que a el no le importaba el asunto religioso. Y que él tenía la ventaja de parecer un ser sin rastro y sin historias

Y algo pasó. Al emigrar a CDMX y advertir que algo raro ocurría en mi propia familia, la religión se volvió un ritual vacío, incongruente e ineficaz. Realmente yo solo me tenía a mi, para enfrentar lo que venia.

Así que es casi obvio: mi debilidad de carácter mayor, que no la única, es que carezco de un Sentido de Espiritualidad, Fe y Sentido de Propósito, mas allá de mi existencia.

Yo mantengo la convicción que cuando esto se termina, se termina. Que somos polvo de estrellas y a la tierra regresamos. Que no somos especiales. Que no hay un Dios cuidándome, ni un ángel vigilando mis pasos. Que si Dios existe está mas preocupado por contener la expansión y contracción del universo, que va a suceder tarde o temprano.




Pero no me malentiendas. Admiro a los que creen otra cosa. Quizá quiera decir respeto. Pero es una forma de respeto mutuo que se traduciría en "tu-a-lo-tuyo-y-yo-a-lo-mio".

Ni modo. No tengo en mi carácter todo lo que me haría levitar y asegurarme un lugar en el cielo, o en el cosmos o en el Valhalla, o aspirar al Nirvana.

Soy un simple incrédulo que seguramente pasa desapercibido a la mano de dios.

Pero soy el mismo que sí reconoce en otros su energía, sus necesidades, sus gustos y sus propios temores. Mi dios no está en otro mundo. Y los demonios tampoco.
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jueves, 10 de agosto de 2017

Aquel que yo soy: mis fortalzas

Las fortalezas que cuido


No hace mucho que creía que uno debe esforzarse por superar sus debilidades de carácter. Pero he puesto demasiado esfuerzo en ello y mejor he cambiado la atención a mis fortalezas, las que por cierto se empeñan en darme las mayores satisfacciones resultado de mi esfuerzo.  

Averigüé quien tenía un esquema de medición de fortalezas que me pudiese indicar de forma rápida y certera por donde andaba lo mejor de mi. Y lo que obtuve me convenció y me dio cuenta de mis mejores momentos del pasado. Aquí les describo mis 7 fortalezas de un esquema de 24.
  1. Perseverancia y diligencia.
  2. Curiosidad e interés en el mundo que me rodea.
  3. Amor por aprender.
  4. Apreciación de la belleza
  5. Gratitud con los demás y la vida
  6. Creatividad y originalidad
  7. Honestidad y autenticidad

Tan me parece razonable el perfil resultante que me queda ahora mas claro en donde enfocar mayormente mis esfuerzo y mi búsqueda continua de ser un poco algo mejor.


Fluir y sentirse involucrado.

En muchas ocasiones uno intuye lo que va a disfrutar, aunque nunca lo haya hecho, o haya hecho solo una parte incipiente.

Desde hace un tiempo he estado leyendo con mas interés y dedicación sobre arte y arquitectura precolombinos. En especial de  teotihuacanos y mayas y de como los primeros influenciaron fuertemente a los segundos.

Casi sin quererlo fui dandome cuenta de varios componentes decorativos con los que mayas y teotihuacanos, embellecían su vida cotidiana.


Y me fue quedando claro que la combinación de triángulos y círculos era esencial para teotihuacanos.
Sin buscarlo mucho, me fui involucrando en hacer un mueble que utilizará elementos decorativos de Tetitla, barrio de los nobles de Teotihuacán.

Tan absorbente y disfrutable fue la tarea que me propuse, que me costaba trabajo detenerme a comer. Y cuando lo hacía era para mejorar el diseño, sin agregarle mas elementos que los básicos que haría un artesano teotihuacano -según yo.

Esta sensación de no quererse despegar de una actividad que uno disfruta, le llaman Fluir.
Simplemente el tiempo parece detenerse y la atención y sensibilidad de uno se enfoca en hacer justo lo que uno está disfrutando en ese momento.

Este fluir que disfruté tanto, como en otras ocasiones, es el resultado de combinar varias de mis fortalezas y olvidarme de mis muchas debilidades.
Son momentos que no se presentan de gratis, sino que son el resultado de ir  aprendiendo, como si me internara en un bosque que apenas conozco.

Esto, para mí, es un departir radical de los tiempos en que mi interés y mi esfuerzo eran dirigidos por el tamaño de mis contratos o las instrucciones del jefe en turno.

Fluir con mis nuevos proyectos, es parte de aquello que valoro más ahora y contribuye enormemente a mi calidad de vida.






viernes, 4 de agosto de 2017

Esperanza y Realidad

Rojo contra Tesón


Un mes cualquiera y todo parecía ir bien. El siguiente las cosas cambiaron y los números empezarón a ponerse rojo. Un mal mes.

Pero así siguieron los números, un mes tras otro. Y no mejoraba el negocio. Y se le veía inquietarse, pero mantenía la esperanza que la semana siguiente sería mejor ... y no lo era.


Su propia reflexión le indicaba que su producto era bueno y sus clientes fieles. Que este mes y el anterior habían sido malos por razones externas. Que había muchos despidos. Que no habían pagado en las fábricas. Que había sido un mes de muchos gastos para los padres de familia. E insistía: esto es pasajero, un mes tras otro. Y su confianza no cedía.

A diferencia de otros, creía firmemente en lo que hacía, confiaba en sus clientes aunque regresaban cada vez menos, atribuía la mayor parte del problema a causas externas y no sentía ni culpa, ni pena, ni ganas de echarse para atrás.

Pero la realidad implacable de los números le hizo ver que el fondo se agotaba. Que ya no solo eran números rojos de este negocio, sino que estos se tragaban a otros y la bolsa llegó a su fin.

Un día bajó las cortinas, limpió el lugar y dejó todo atrás para empezar de nuevo.

Ni una lágrima. Ni un arrepentimiento. Ni una culpa. Salió de todo esto con mas fuerza que la inicial. 

Le aprendí que la fuerza de un optimista es una energía irradiante y feliz. Sin ellos, nada se movería.

jueves, 3 de agosto de 2017

"Esto me pasa por bruta..."

Y nos sorprende las reacciones que vemos cuando a alguien se le cae un negocio, o una persona en la que se confiaba, traiciona, o algo en lo que se tenia mucha esperanza no sucede o alguien estrechamente cercano se nos va.



Más aun sorprende el que haya tendencia a atribuirlo a uno mismo: "soy un incapaz", "soy demasiado confiado y bruto", "no me respetan", "todos me ven la cara", "soy un incompetente", "soy insensible", etcétera. Cuando las cosas se ven así, pues es más difícil solucionarlas. Si el culpable de lo "malo" que pasa es uno mismo, la ruta para recuperarse de un tropezón es más difícil y tiende a convertirse en deprimente. De sopetón o a cuentagotas.Peor aún, cuando además asumimos que estás fallas de carácter, habilidad, capacidad o madurez, son intemporales y perdurables. Cuando empezamos con: "siempre me pasa esto por estúpida", ""soy confiada a lo tonto", "todos me ven la cara", entonces la solución se empieza a convertir en algo cada vez mas difícil.Todo esto agarra un tono mas severo, delicado y profundo, cuando la falla, problema o fracaso, es mucho mas cercano a nosotros como un divorcio, una muerte, una jubilación o un despido.Si creemos que tenemos que afrontar las dificultades en términos de nuestra culpa e incompetencia, y además creemos que esto nunca tendrá remedio, la profecía se cumple.Y no vemos salida.Lo que nos cuesta mucho trabajo entender y aprender con el tiempo, es que si no educamos nuestra forma de traducir los problemas en otras cosas diferentes a las descritas, entonces vamos debilitando nuestra capacidad de sobrevivencia, nuestra salud y nuestra felicidad.