miércoles, 16 de agosto de 2017

Lealtades y ciudadanías perdidas: parte 1

La vela de arena.



Cada vez que me topo con el tema de la lealtad y la ciudadanía, me vienen recuerdos y aspiraciones contradictorias. Pero tengo claras mis conclusiones.

Quizá deba decir antes de explorar el tema, que a los 12 años ya había vivido yo en dos ciudades agradables y cálidas como el desierto y húmedas como el mar. A los 12, fui llevado a esa enorme concentración de gente que se llama ciudad de México. Cuando lo veo con humor, yo me sentí por mucho tiempo el chichimeca injertado, en medio de otros chichimecas injertados, movidos muchos por la expectativa de una vida mejor. 




Atrás quedaron los barcos, a los que no me subí, las bahías de Guaymas, a las que siempre les tuve miedo, y los cerros que subíamos a buscar esqueletos de españoles desangrados por los yaquis, pero que nunca encontramos.

Pese a todas esas frustraciones de mi infancia, que nunca supe que eran frustraciones sino hasta ahora, me fui culturizando a la nueva Tenochtitlán. Para resistirme, salía a un balconcillo que había en el departamento donde vivíamos a gritar, como lo hacía cuando estaba a orillas del mar.



Ingresé a una de esas escuelas secundarias militarizadas, en donde tuve mi primera experiencia de la doble moral y las realidades ocultas.  Para ese entonces yo ya sabía leer mucho mejor la malicia y la mentira, tanto en mí, como en otros.

Cada semestre era de 10 materias. Uniformado de color caki, sin importar la temperatura. Cargando una mochila de libros más pesada que el mandado semanal. Y casi rapado a la "broch" para parecer soldado. Hasta hoy en día, que uso el corte a la "broch", sigo maldiciendo al que se le ocurrió la idea. Aunque ahora yo me lo justifico.

Pero mi mayor shock fue la clase de civismo. La que pretendía hacernos mas sensibles de lo que significa ser mexicanos. Teníamos un profesor que estaba a punto de salir del closet, pero solo podíamos intuirlo por lo que decía y el estilo para decirlo: Su clase empezaba o terminaba con la frase celebre y agarrándose la cintura con una mano: "Siempre que salgan a la calle, su Guia Roji". Y conteníamos la risa.

Madres, pensaba yo, ahí debe estar el secreto de la mexicanidad. Pero no sabía si lo que decía era un mensaje cifrado que yo no entendía.

Y así transcurrieron al menos 2 años de secundaría, tiempo durante el cual sucedió la matanza de Tlatelolco. 

No puedo decir que ese 2 de Octubre me cambió, pero si puedo decirles que el 10 de Junio de 1971, cuando fue el halconazo y los para-militares al servicio del gobierno del DDF, balacearon y macanearon a mis compañeros de clase, ahí empecé a despertar. De los muertos nunca sabremos. Ahí sí me di cuenta de que México se estaba convirtiendo en un estado represivo. Quizá ya lo era. Pero solo entonces empecé a adquirir conciencia de ello.



Las lecciones de civilidad del maestro de civismo las entendí como lo que me pareció que eran: una guía para escapar al ser perseguido. La Guía Roji servía para trazar rutas y sobrevivir. Mi expectativa de amor por México empezó a entrar en crisis. Este no era el México que yo soñaba o aspiraba. Este era el México del que escapaban centenas de miles de mexicanos, para buscar suerte en EUA o en otros lados.

Poco a poco fui sacando mis conclusiones.


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