lunes, 11 de diciembre de 2017

Un lugar. Un hogar. Un punto de partida.

Muchas veces reconocemos poco nuestro lugar físico en el mundo, hasta que lo perdemos o nos alejamos.



Para aquellos que sufren la pérdida de su hogar, o que se deciden, forzados, a abandonar su lugar de origen, lo que queda atrás no es fácil de olvidar, particularmente cuando trae memorias gratas o  entrañables.

Más difícil aún es que después de una vida de 30 años o más de esfuerzo, tenga uno que abandonar esos lugares y personas que le dan buena parte de sentido a la vida. 

Porque no solo se abandona un lugar. Se abandonan personas, comercios, sabores y conversaciones. Se abandona pues un modo de vida que le da sentido a cada día.

Pero muchas veces hay que abandonar un lugar, por mas que lo amemos, porque es un lugar difícil para vivir en calma o con la calidad de vida que uno busca.

Muchas grandes ciudades son lugares disfrutables y entretenidos. Pero sus espacios verdes y apacibles, son cada vez mas raros. Las grandes ciudades están cada vez mas preocupadas por mover gente de un lado a otro y en dar prioridad a vehículos y construir vías rápidas y eliminar obstáculos. Y las grandes ciudades se vuelven cada vez mas lugares de los que debe uno huir.

Y esas transiciones cuestan y duelen. Por eso deben construirse paso a paso y no de un día para otro. Al menos debe uno tomar en cuenta estos aspectos:


  • ¿Al lugar al que quiero emigrar podré hacer lo que me gusta?
  • ¿Podré hacer nuevas amistades?
  • ¿Habrá un mínimo de los servicios médicos que requiero?
  • ¿El lugar específico al que quiero moverme es de una planta?
  • ¿Habrá un jardín suficiente?
  • ¿Podré yo servir de algo?
  • ¿Podrá ser un lugar de interés para que me visiten la gente que aprecio?
Seguramente hay otras consideraciones, el asunto primordial es que la transición de un lugar a otro, es de pensarse y planearse. No solo de aventarse.




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