viernes, 19 de enero de 2018

Lo que puede significar un día.

Puede uno ignorar lo que trajo el día. Pero cuando te das el tiempo de enfocar los detalles, los momentos, los espacios, haces de un día, tu día.


El cielo, o lo que me platicaron de el cuando era niño, siempre me pareció algo muy lejano de mi corazón y mis sentidos. Hasta que un día, caminado por el jardín de uno de esos castillos escoceses, frío, solemne y medieval, mi compañero de caminata, un inglés de mi edad, se detuvo a oler una hierba o una flor (para mi no importaba la diferencia). Y dijo algo que me sonó amoroso sobre la planta y yo no entendí. Entendí la frase en inglés, pero no entendía que podía motivarla. El estaba en un cielo que yo ni veía. El estaba en contacto con sus sentidos.




Una flor es una flor, no hay mucho que buscarle, pensé, hasta que me fui haciendo un poco mas consciente de las personas, los momentos y los espacios. Luego me fui dando cuenta que el cielo, aquí, uno lo hace. Día con día.



Poco tiempo después, una amiga y yo, nos perdimos en Iznajar, Andalucía, al sur de España. Sin ningún plan, subimos a la colina más alta de este pueblo morisco cercano al mediterráneo. Y me atacó la nostalgia de mi tierra, de repente y con los ojos nublados. Lo que yo veía eran los nopales en las calles del pueblo, las casa con techo de tejas, uno que otro burro y las mismas voces de mi tierra. Era un Iznajar que me absorbía. Todavía me veo a mi mismo, dándome la espalda, observando techos, tejas y nopales. Era un cielo que yo no conocía. Un pueblo morisco-español y mexicano. Detenido en el tiempo y rodeado de olivos tristes. Un cielo con el color de la tierra y las cuevas blancas.

Y solo entonces me quedo claro que el mundo a nuestro alrededor nos puede ir enriqueciendo, si nos dejamos. Que una rosa o una hierba no son solo rosas o hierbas. Que son de aquellas sensaciones que, si las dejamos hablar, nos traen el campo, la tierra, una conversación, una memoria o un beso.

Pero todo eso, hay que construirlo día a día, dejando a nuestra propia sensibilidad florecer, en un momento de la vida en que la única alternativa al florecer, es marchitarse.

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