viernes, 2 de febrero de 2018

El último día.

A veces gana el temor a hablar sobre inquietudes que pueden marcar una vida.


Sabía que era su ultimo día en ese escritorio. Que ya no volvería a ver el mundo a través de esa ventana. Que ya no habría el pastel de cumpleaños en la oficina. Hoy era ese ultimo día en la oficina que hace tiempo empezó a temer cuando veía a sus canas invadirle.


Ahora si lamentó no haberle planteado a su pareja las dudas que tenía. La primera era devastadora: ¿Que voy a hacer conmigo y con mi tiempo? No solo se sentía aterrado ante esa pregunta, sino además se veía siendo jalado por la corriente de un río en una cuna mecida por el agua, sin saber si había torrentes o cascadas mas adelante. O si habría una mano amable que le rescataría de ese naufragio.

Pero ese temor era solo uno. De fondo se preguntaba también: ¿De que voy a platicarle al despertarnos? Ya no hay horarios inflexibles. Ya no hay relatos de compañeros de oficina. Ya no hay Lunes. Ni Martes. Ni Viernes. ¿Todos los días serán fines de semana?


¿De que me va a servir mirarme en el espejo si no hay desarreglos que importen o pelos que tengan que ordenarse? ¿Y tus amigas son las mismas que hace 30 años? ¿Habrá algo que podamos hacer juntos? ¿Serás tu la misma que conocí hace años?

Y mientras pasaba el día se fue dando cuenta que su mundo conocido era este. Aquí si había horarios. Y Lunes a Viernes. Y un reloj checador para casi todos. 

Y ni modo, sabía que no podía mostrase tan ingenuo e inseguro como para hacerse esta preguntas de frente a su mujer.


Llegó la hora de salida. Checó su tarjeta y se resignó a mantenerse callado en casa, aunque sintiera un llanto contenido y ganas de salir corriendo... por donde fuese. A donde fuese.

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