miércoles, 30 de mayo de 2018

Decir adiós.

Cuando alguien yace en su ataúd, parece que no hay nada que decirle o parece que hay que decirle todo. Pero quien está ahí, viendo que la muerte ocurre, es el que mas necesita sentir que no está solo.

A veces es bueno distinguir porqué esta cada uno ahí, alrededor de un féretro, rodeando a alguien que ya no nos ve, ni nos escucha, ni puede platicar mas con nosotros. Rodeamos un féretro de alguien que ni puede sonreír, ni gritar, ni enojarse, ni cantar, ni reír, ni llorar.



Quisiera que siempre que está alguien ahí, frente al féretro, por el fallecido mismo, aquellos a quienes les duele profundo su partida, espero que hayan podido decirle todo lo que querían. Todo aquello que ahora resienten que nunca más será. Yo espero que nadie se quede, como yo, con esa dolorosa sensación que algún día tuve, de no haber platicado suficientemente. De no haber besado suficientemente. De no haber abrazado suficientemente. De no haber dicho suficientes gracias. Espero que aquellos que vienen por el difunto mismo, no se queden con una sensación de un viaje caminado juntos, pero nunca concluido.

Luego estamos los otros. Los que vamos al funeral, por aquellos que permanecen vivos y que están sintiendo en profundo la partida de aquel que no nos ve. Estamos ahí para decirle a los que quedan que ahí estamos. Que seguimos con ellos. Que se fue una parte de su mundo y quedan otras. Que los adioses duelen y los abrazos curan. Estamos ahí también para decirles que su dolor nos duele. Que esperamos con ellos hablar lo suficiente. Abrazar lo suficiente. Y caminar juntos lo suficiente.


Al final acudimos todos a nuestro propio ritual anticipado. Vamos con la excusa de abrazar o recibimos a otros con la esperanza de ser abrazados. Nos abrazamos también porque sabemos que algún día, seremos nosotros los que no veremos, no reiremos, no amaremos y nunca mas lloraremos.






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